Retomando de nuevo la figura del fascinante jesuita del barroco os propongo otra recaredada de las mías, una recaredada que vaya de la MAGnetita a la voluntad divina; un viaje por la física y la metafísica de la atracción. Veremos que sale 😅.
En 1641, en el Colegio Romano, nuestro ilustre jesuita alemán publicó un libro extraño y fascinante titulado "Magnes sive de arte magnetica" (El imán, o el arte magnética).
A simple vista, era un tratado de física: hablaba de brújulas, de declinaciones magnéticas, de por qué el hierro se siente atraído por la piedra imán, etc... Pero para Kircher, y para buena parte de la ciencia de su tiempo, el magnetismo no era solo un fenómeno de laboratorio, no, era una clave para entender el universo entero y, quizás sin saberlo del todo, una clave para entender también el alma humana. Hoy, pobres de nostros, una vez hemos renegadh del principio etérico, damos por sentado y afirmamos tajantemente que existe una frontera clara entre la física (que estudia fuerzas, masas y campos) y la teología (que estudia a Dios, el alma, el sentido último de las cosas). Pero esa frontera es, en gran medida, una invención moderna (nunca mejor dicho lo de invención 🙄😏) . En el siglo XVII, el magnetismo era el ejemplo os diría que casi perfecto de una fuerza que parecía desdibujar esa línea: invisible, actuaba a distancia, unía cosas que no se tocaban, y lo hacía con una especie de anhelo mudo, como si la aguja de la brújula, que todos tenemos o conocemos, verdaderamente "quisiera" señalar el norte. Kircher, heredero de la tradición neoplatónica que venía de Marsilio Ficino y de Pico della Mirandola, no dudó en dar el salto: si el hierro (nuestra sangre lo contiene) es atraído por el imán, decía, es porque existe una simpatía, un parentesco oculto entre las cosas. Y esa simpatía, llevada hasta sus últimas consecuencias, no era otra cosa que una forma primitiva y universal del Amor. Los astros se mantenían en su órbita por "amor" a su ORden. Las plantas se orientaban al sol por "amor" a la luz. Y el alma humana, inquieta, se sentía atraída hacia Dios por ese mismo principio, elevado a su forma más pura. Kircher llamó a esto el "mundus magneticus" : un universo atravesado, de arriba abajo, por UNA SOLA FUERZA (véase el eje vertical de un TORoide) de atracción que en la piedra es física, en el animal es instinto, y en el hombre es deseo.
Ahora hablaremos de algo tan serio como la atracción al deseo, y del deseo a la voluntad, y como no aquí conviene detenerse, porque hay una escalera conceptual muy antigua y muy precisa: La atracción es el movimiento bruto de una cosa hacia otra que le falta o la completa. El hierro no elige nada; simplemente es arrastrado. El deseo es esa misma atracción, pero vivida desde dentro, con conciencia de la carencia. El animal desea el alimento; el hombre desea la verdad, la belleza, el amor. Por último la voluntad es el deseo que se ha vuelto capaz de decir sí o no. Es el punto donde la atracción deja de ser destino ciego y se convierte en decisión libre. Esta escalera, de la física a la psicología, y de la psicología a la ética, es exactamente la que recorre toda la nuestra tradición cristiana cuando habla del CORazón humano (recordar que en Cábala CORazón = MAGnetismo).
San Agustín lo dijo con una fórmula que podría haber firmado el propio Kircher tranquilamente: "nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti". Es, literalmente, una física de la atracción aplicada al alma: hay un vacío, una carencia, y una fuerza que tira de nosotros hacia aquello que nos completa. Y llegamos así al verso central del Padrenuestro: "Señor, hágase tu voluntad". A primera vista podría parecer que rompe la analogía MAGnética, porque aquí no es Dios quien "atrae" por necesidad (Dios no carece de nada) sino el hombre quien pide alinearse con un ORden que ya existe. Pero... ojo! en realidad esta frase completa la analogía en vez de romperla. Si el universo entero, por verlo o decirlo de algún modo, es algo así como un "campo magnético de amor" (ni que suene muy cursi 😗😅) , como creía Kircher, entonces el pecado y el (des)ORden humano no son otra cosa que una "desimantación"; una voluntad que se ha desviado de su polo natural y ya no señala hacia donde debería. Pedir "hágase tu voluntad" es pedir precisamente eso: recuperar la orientación, dejar que la aguja vuelva a apuntar al Norte (divino) que le es propio, cooperar, ojo! ... no pasivamente, sino con un acto LIBRE de la voluntad;con esa fuerza de atracción que nos constituye desde el principio. Y aquí creo que no es casualidad que Ignacio de Loyola, el fundador comoya sabemos de la orden religiosa a la que Kircher perteneció, hablara constantemente de "mociones" y "afecciones" del espíritu para describir cómo Dios mueve el alma.
Es un lenguaje casi físico, casi magnético, para un proceso que Ignacio consideraba tan real y tan detectable como cualquier fenómeno natural: el alma se siente atraída, y el discernimiento consiste en distinguir qué atracciones vienen del verdadero Norte y cuáles son desviaciones. Quizás amigos la intuición más profunda del "mundus magneticus" de Kircher no sea un dato científico, sino una intuición filosófica que sigue siendo fértil y eso es que la atracción, el deseo y la voluntad podrían no ser tres cosas distintas, sino tres grados de intensidad de una misma fuerza, que en la piedra es ciega, en el animal es instinto, en el hombre es libertad, y que, para quien cree, tiene en Dios su origen y su Destino Último. El imán de Kircher ya no sirve para explicar la física moderna, vale; pero como metáfora del alma, esa aguja inquieta que busca su Norte, quizás no ha dejado de señalar algo verdadero 😉.
Saludos amigos 🙂







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