ENTRE MAGos RENACENTISTAS Y JESUITAS BARROCOS: El caso de John Dee y Athanasius Kircher S. I.

Hay pocos personajes en la historia intelectual europea tan desmesurados (creo que es el mejor adjetivo) como Athanasius Kircher (1602-1680). Jesuita alemán afincado en Roma, egiptólogo, musicólogo, sinólogo, geólogo, inventor de máquinas parlantes y linternas mágicas, Kircher fue durante décadas la referencia obligada de cualquier viajero, embajador o curioso que pasara por el Colegio Romano. Se le ha llamado, con razón, "el último hombre que lo supo Todo" y no me parece exagerado el título. Pero obviamente ese "todo" no salió de la nada. Kircher construyó su enorme edificio erudito reciclando, reinterpretando y como veremo a veces apropiándose sin citar, del trabajo de generaciones anteriores. Uno de los casos más fascinantes, y menos conocidos por el público general, es su deuda con el matemático, astrólogo y MAGo isabelino John Dee (1527-1608/09). John Dee es hoy recordado sobre todo como el consejero esotérico de Isabel I, el hombre que reunió una de las bibliotecas privadas más grandes de la Inglaterra renacentista en su casa de Mortlake, y el protagonista de unas oscuras "conversaciones angélicas" que lo llevarían, ya anciano, a la ruina reputacional.
Pero antes de esa deriva hacia lo angélico, Dee había publicado en 1564 un tratado extrañísimo: la Monas Hieroglyphica ("El monas jeroglífico"). En sus páginas presentaba un único símbolo, inspirado remotamente en el signo astrológico de Mercurio y en la cruz egipcia o ankh, que, según Dee, condensaba en su geometría toda la sabiduría del cosmos: astrología, alquimia, matemática y teología unidas en un solo trazo. Era, en esencia, un intento de escritura universal: una sola imagen capaz de decir más que mil páginas de texto.
El tratado era tan hermético (en el sentido literal y en el figurado) que el historiador Brian Vickers llegó a preguntarse si existían siquiera diez referencias a él en todo el siglo XVII. Dee había construido, sin saberlo, una de las obras más oscuras jamás escritas por un inglés. Casi un siglo después, en Roma, Kircher trabajaba en su MAGna obra sobre Egipto: el Oedipus Aegyptiacus (1653-1655), tres volúmenes descomunales dedicados a "descifrar" los jeroglíficos egipcios a partir de la convicción de que estos escondían una sabiduría perdida, heredera directa de la teología primigenia (la célebre prisca theologia que tanto obsesionó al Renacimiento). Y ahí, en el cuarto capítulo del segundo volumen, dedicado a la "Alquimia jeroglífica", aparece el símbolo de Dee. Kircher lo rebautiza como "Crux Hermetica" (la Cruz Hermética) y, en otro capítulo sobre "Matemática jeroglífica", presenta también una variante más elaborada a la que llama "Crux Ansata". Reproduce con detalle los diagramas geométricos que Dee había diseñado para construir correctamente la figura, e incluso cita fragmentos del texto original.
Lo llamativo y, aquí está el detalle que convierte esta historia en algo más que una simple nota de erudición, es que Kircher nunca menciona a Dee por su nombre. Ni una sola vez en cientos de páginas. Se trata, según los especialistas que han rastreado la recepción del símbolo de Dee en la Europa continental, de uno de los casos de apropiación no reconocida más notorios de todo el siglo XVII. No fue Kircher el único que hizo algo así: otros autores de la época, como Giulio Cesare Capaccio, también reutilizaron el monas de Dee sin citarlo. Pero el caso de Kircher es especialmente irónico, porque él mismo se presentaba ante Europa como el gran restaurador de un saber jeroglífico "perdido", cuando en realidad estaba tomando prestada, sin acreditarla, una invención bastante reciente de un mago inglés que muchos en el continente apenas conocían. Esta apropiación no es un simple plagio anecdótico: revela una afinidad intelectual profunda entre ambos autores, que compartían un mismo sueño renacentista. Vemos a continuación los 3 puntos : 1) El jeroglífico como lenguaje universal: Tanto Dee como Kircher creían que existía, o había existido, una forma de escritura no arbitraria, a diferencia del alfabeto, capaz de expresar directamente la naturaleza de las cosas. Dee lo buscaba en un solo símbolo geométrico; Kircher, más ambicioso todavía, creía encontrarlo en el conjunto de los jeroglíficos egipcios. 2) El hermetismo y la prisca theologia: Ambos bebían de la misma tradición; la convicción, muy extendida desde el Renacimiento italiano, de que Hermes Trismegisto había transmitido una sabiduría original que luego se fragmentó entre griegos, hebreos y otras culturas. Descifrar los símbolos antiguos era, para ambos, una forma de recuperar esa unidad perdida. 3) La obsesión combinatoria: Kircher, además, era heredero de la tradición del mallorquín Ramon Llull, que había imaginado máquinas de ruedas concéntricas capaces de combinar conceptos y generar automáticamente todo el conocimiento posible. Dee, por su parte, aunque menos SIStemático en este punto, compartía ese mismo impulso de reducir la complejidad del mundo a estructuras simbólicas manipulables. En otras palabras amigos : Kircher no citó a Dee, pero necesitababsu símbolo porque encajaba perfectamente en el programa intelectual que él mismo llevaba décadas construyendo. El monas de Dee era, para los propósitos de Kircher, una pieza que ya venía prefabricada.
Este episodio nos recuerda algo importante sobre cómo funcionaba realmente la erudición europea del siglo XVII: no era un diálogo transparente de citas y reconocimientos, sino una circulación mucho más subterránea de textos, símbolos y manuscritos, que viajaban de biblioteca en biblioteca y de país en país, a menudo desprendiéndose por el camino del nombre de quien los había originado. Kircher, sentado en Roma, con acceso a la red de correspondencia jesuita más extensa del mundo conocido, actuaba como una especie de gran nodo de síntesis: absorbía materiales de autores dispersos, católicos y protestantes, ortodoxos y heterodoxos, célebres y casi olvidados, y los reelaboraba bajo su propia firma monumental. Que uno de esos materiales viniera de un mago inglés protestante, sospechoso de nigromancia y muerto en la pobreza, y terminara reconvertido en "Cruz Hermética" dentro de la obra de uno de los jesuitas más influyentes de Roma, es quizá el mejor resumen posible de lo extraño, poroso y fascinante que fue el mundo intelectual del Barroco.
Saludos 🙂

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