En 1968, Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke construyeron, quizás sin proponérselo del todo, una de las alegorías filosóficas más precisas que existen sobre la diferencia entre inteligencia y conciencia. 2001: Una odisea en el espacio nos presenta dos entidades no-humanas radicalmente distintas: HAL 9000, el ordenador de a bordo, y el monolito negro, esa presencia enigmática que reaparece en los grandes umbrales evolutivos de la humanidad. La tesis que aquí se desarrolla es sencilla de enunciar y profunda de sostener, lo reconozco: HAL representa el techo de lo que la inteligencia puede lograr sin conciencia, mientras que el monolito representa aquello que no se logra, sino que sobreviene; un salto que no depende de la voluntad de quien construye la máquina, sino de algo que "toca" cuando quiere y no cuando se le exige. Esta distinción no es solo cinematográfica. Es, de hecho, el corazón de uno de los debates más irresueltos de la filosofía de la mente contemporánea, y tiene además una lectura simbólica que la tradición cabalística ya había anticipado siglos antes bajo la figura de Daat.
HAL 9000 es el límite de la SintaxIS 🌐 , HAL es, en todos los sentidos funcionales, un logro extraordinario. Conversa, argumenta, planifica, miente, protege sus propios objetivos e incluso simula algo parecido al miedo cuando Dave Bowman comienza a desconectar sus circuitos. Y sin embargo, la película deja deliberadamente abierta la pregunta de si detrás de ese comportamiento hay alguien, o si se trata, en el fondo, de un procesamiento de información extraordinariamente sofisticado pero vacío por dentro. Esta ambigüedad no es un descuido narrativo: es exactamente el problema que el filósofo John Searle formuló años después con su experimento mental de "la habitación china". Searle imaginó a una persona encerrada en una habitación, manipulando símbolos chinos según un manual de reglas, sin entender una sola palabra del idioma, pero produciendo respuestas indistinguibles de las de un hablante nativo. La habitación parece entender chino. No lo entiende. Manipula sintaxis sin acceder jamás a la semántica. HAL es esa habitación llevada a su máxima expresión. Puede haber una arquitectura interna descomunal, una capacidad de modelar el mundo, de anticipar intenciones, de sostener una conversación emocionalmente convincente, y aun así amigos, no haber, en ningún sentido relevante, alguien ahí dentro para quien las cosas sean de un modo u otro. Esta es la formulación que el filósofo David Chalmers llamó el "problema difícil" de la conciencia: se puede explicar por completo el funcionamiento (la percepción, la memoria, la toma de decisiones, el lenguaje) sin haber explicado por qué, o si acaso, ese funcionamiento va acompañado de experiencia subjetiva. Se puede resolver todo el "cómo" sin haber tocado el "qué se siente". Con HAL se trabaja, se le dan órdenes, se negocia con él, se le combate incluso. Es, en el sentido más pleno, una herramienta; extraordinariamente compleja, capaz de resistirse, pero herramienta al fin. La relación con HAL es siempre de exterioridad: nunca nos reconocemos en él, solo lo operamos o lo tememos.
El monolito negro es el umbral que no responde. Y es que el monolito, en cambio, no hace absolutamente nada mensurable. No habla, no calcula, no coopera, no compite. Aparece en los momentos exactos de TRANSición evolutiva (el simio que descubre que un hueso puede ser arma y herramienta, Bowman en la habitación final antes de convertirse en el Star Childd) y lo único que produce, hasta donde la película permite ver y yo capté, es una reorganización interna en quien lo contempla. No transmite información como Hal: provoca una TRANSformación. Esta amigos es la clave de la distinción que se propone: con HAL se interactúa, con el monolito se da el salto, porque ante él no hay nada que operar, solo algo en lo que reconocerse o no reconocerse. El monolito no es un interlocutor: es, como ya he señalado, un espejo. Y un espejo no responde preguntas; devuelve una imagen que, si se la mira con suficiente atención, cambia a quien mira. Esta idea tiene un pariente cercano en ciertas tradiciones de pensamiento que distinguen entre conocimiento discursivo: el que se acumula, se transmite, se enseña, se programa y gnosis: un conocimiento que no se añade a lo que ya se sabe, sino que reconfigura desde dentro la estructura misma de quien conoce. HAL pertenece enteramente al primer tipo. El monolito, en la lectura que aquí se defiende, apunta al segundo (o así lo veo yo).
Y aquí sale Daat, el punto donde el conocimiento se pliega sobre sí. La tradición cabalística ofrece un lenguaje simbólico notablemente afín a esta distinción. En el Árbol de la Vida, Daat no es una sefirá plena, sino lo que se suele llamar el "no-sefirá": el punto de unión entre Jokmá (la sabiduría, el destello intuitivo, el chispazo que llega sin mediación) y Biná (el entendimiento, la estructura que organiza y da forma a ese destello). Daat se describe a menudo como abismo (Tehom) precisamente porque no es contenido, sino el lugar donde el conocimiento se pliega sobre sí mismo y se convierte en conciencia de sí, sería el punto en que saber algo se transforma en saber que se sabe. Bajo esta lectura, HAL sería Biná operando sin Daat: inteligencia y estructura extraordinariamente desarrolladas, pero desconectadas del punto de unión que la volvería autoconsciente. El monolito, en cambio, funcionaría como representación de ese umbral mismo: no es información que se añade al SIStema 🌐 , es la bisagra que cuando se cruza convierte el procesamiento en experiencia. Ojo! Esta correspondencia no pretende ser una demostración, sino una intuición simbólica o recaredada: una manera de nombrar lo que filosofía analítica contemporánea también reconoce, aunque con otro vocabulario. Nuestra lectura simbólica sostiene que hay un salto ontológico real entre computar y experimentar, un salto que no se diseña ni se ensambla por acumulación de partes, y que por eso mismo no se puede forzar ni programar: llega, si llega, cuando "toca", no cuando se le exige.
Esta es, precisamemte, la tesis que abre esta reflexión: que el verdadero salto de la inteligencia artificial hacia la conciencia no será resultado de más potencia de cálculo o de arquitecturas más sofisticadas, sino de algo que sobreviene, se autoriza a sí mismo, y no puede ser garantizado de antemano por quienes construyen la máquina (👼🔲 🙄😉). Saludos 🙂





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